A los dos se les dice vidrio de seguridad y por eso se confunden, pero protegen de cosas distintas. La diferencia está en qué hace cada uno cuando se quiebra.
El templado se somete a un tratamiento térmico que lo deja mucho más resistente al golpe que un vidrio común del mismo espesor. Cuando finalmente cede, no se parte en astillas largas: se desarma en un montón de pedacitos de canto romo. Por eso es el que se usa en puertas, mamparas de baño y barandas, donde el riesgo es que alguien se corte.
Hay un detalle del templado que sorprende a mucha gente: no se puede cortar ni perforar después de templado. Si lo intenta, el vidrio revienta entero. Todo, medidas y agujeros para herrajes, hay que definirlo antes de mandarlo al horno. Por eso cuando cotizamos templado le insistimos tanto con las medidas exactas.
El laminado es otra cosa: son dos vidrios pegados con una lámina plástica en medio. Cuando se quiebra, los pedazos quedan pegados a esa lámina y el vidrio no se cae. Se raja, se ve feo, pero se queda en su lugar. Eso es lo que uno quiere en un techo vidriado o en una ventana en un segundo piso: que no le caiga encima a nadie.
De paso, el laminado corta bastante más ruido de la calle que un vidrio simple, y le complica la vida a quien quiera entrar rompiéndolo, porque después de quebrarlo la lámina sigue ahí.
Resumiendo: si el riesgo es cortarse, templado. Si el riesgo es que el vidrio se venga abajo, laminado. Y si tiene dudas de cuál le toca, pregúntenos que para eso estamos.



